Eduardo Henquín
Parte 1 de 5
Susanita está ansiosa. El aire fresco de la mañana aún no se ha llevado del todo la
humedad de la noche, y el rocío cubre las calles con un brillo tenue. Su mente está
ocupada en una sola cosa: la lana roja que le regaló Mari. No es solo lana, es la
excusa perfecta para ganarle el desafío de tejido que tienen entre ellas.
Saca la bicicleta del garaje en desuso. La enredadera que se ha apoderado del lugar
deja caer gotas sobre el cuadro metálico. Sin darle importancia, la seca de manera
torpe con manos temblorosas por la prisa y, sin perder más tiempo, se monta y
pedalea rumbo a Colastiné, a la casa de Mari.
Pedalea con prisa, pero apenas se agita, a pesar de su sobrepeso. El aire frío de la
mañana le da alivio. Mientras avanza, imagina con qué broma va a recibir a Mari.
Algo ingenioso. Algo que la haga reír y que, de paso, le dé ventaja en su
competencia de tejido.
Pero el plan se desmorona en un instante.
Ya en Colastiné, en una calle angosta y sombría, la rueda delantera se traba en un
montículo de arena helada. No tiene tiempo de reaccionar. La bicicleta se inclina
bruscamente y, en un parpadeo, siente cómo el suelo le golpea el cuerpo y la
cabeza, y el frío de la arena aferrándose a su piel.
Un zumbido le invade los oídos. Su visión se vuelve borrosa. No sabe si han pasado
segundos o minutos. Está muy mareada y siente su piel cubierta de arena fría. Y un
dolor muy fuerte en las piernas.
Levanta la vista.
Un hombre barbudo, con un cigarrillo consumiéndose entre los labios, gesticula con
fastidio mientras se apoya en la puerta de un auto destartalado. Adentro, dos niños
la observan sin expresión. No hay sorpresa en sus rostros, solo una mirada vacía.
A unos metros, una mujer con un pañuelo en la cabeza discute con él. Su voz es
tensa, casi en un murmullo furioso. Pero cuando nota a Susanita en el suelo, cambia
de inmediato. Se acerca apresurada. Tiene las manos y la cara manchadas con un
material blanco, como si fueran restos de pintura o yeso.
- ¡Ay, nena! ¿Qué te pasó? ¡Tranquila, yo te ayudo! — dice con una mezcla de
urgencia y fascinación.
Susanita, aún aturdida, siente un ardor en las rodillas y la piel cubierta de arena fría.
Intenta incorporarse, pero el dolor la frena.
Susanita: (con un quejido, tocándose las rodillas) Ah… mierda... Me maté.
La tipa se le acerca rápido, con gestos y muecas fuera de lugar. Parece inquieta,
como si su mente estuviera en dos lugares al mismo tiempo.
Tipa: (inclinándose, con un tono afectado) ¡Ay, pobrecita! Vení, dejame que te
sacuda. ¡Mirá cómo quedaste!
Le sacude la ropa con movimientos exagerados, como si intentara hacer algo más
que limpiarla.
Susanita: (aún en el piso, retrocede un poco) No, no, está bien… Gracias, ya está.
La tipa ignora la respuesta y sigue sacudiéndole los brazos y la espalda, con una
expresión que no encaja del todo con la escena. No es una sonrisa, pero hay algo
extraño en su rostro: tal vez una mueca de incomodidad o de apuro.
Tipa: (subiendo el tono, como si fuera una madre) Dale, mirá cómo estás. ¿No
querés pasar a casa? Te cambiás, te lavo la ropa si querés y de paso tomamos algo
calentito.
Susanita se tensa. Algo en la actitud de la mujer le incomoda. Se mueve más hacia
atrás, como queriendo marcar distancia.
Susanita: (más firme) No, ya te dije que no. De verdad, gracias. Estoy bien.
Tipa: (risa nerviosa, con un dejo de fastidio) ¡Pero qué carácter! ¡Al final toda la
gente está rechiflada últimamente! ¡Solo te ofrecía ayuda!
En ese instante, el motor del auto rugiendo interrumpe el momento. El tipo barbudo
pisa el acelerador y el vehículo destartalado desaparece calle abajo. La tipa se
queda mirando el auto con una expresión difícil de entender: ¿molesta, resignada,
preocupada?
Susanita aprovecha la pausa para respirar hondo y pararse mientras se sacude la
ropa. Algo en todo esto no le cierra.
Susanita: (respira hondo, todavía incómoda por la situación, pero tratando de
suavizar el momento) Bueno… está bien, perdón. No quise ser grosera. Es que voy
tarde a la casa de una amiga y encima me perdí un poco. Se llama Mari. (mira hacia
el este, donde queda la casa de Mari, como si buscara orientación).
Tipa: (levanta las cejas con interés, su tono cambia a algo más medido) ¿Ah… Mari?
¡Mirá qué bien! (pausa mínima, suelta una risa corta, como si estuviera procesando
algo) Sos amiga de Mari, entonces… qué coincidencia.
Susanita: (aprovechando la pausa, con un poco de alivio) ¿La conocés?
Tipa: (sin perderle la mirada, con un dejo malicioso) Bastante. Demasiado, te diría.
Siempre anda por acá con esos perros que tiene… y me tienen harta.
Señala hacia el costado del portón.
Tipa: Todos los días, a las 9 de la mañana y a las 5 de la tarde. Los trae, los deja
olfatear mi arena… y ahí nomás, se cagan en la puerta de mi casa. Siempre en el
mismo lugar. (pausa, cruzándose de brazos) Y obviamente la señora jamás limpia.
Me tiene harta.
Susanita: (soltando una leve carcajada, como si lo que la tipa hubiese contado fuera
un chiste) ¿Ehhh… de verdad?
Tipa: (angustiada, subiendo la intensidad) ¡Dejá que sus perros provoquen al mío!
¡Un día lo voy a soltar, así se los morfa! ¡Te juro! Perros de mierda… Me vuelven
loca, y lo vuelven loco al pobre Rufus. (Mira hacia el alambrado y le grita a su perro,
que ladra sin descanso desde el otro lado.)
Tipa: ¡Basta, Rufus!.
Susanita, todavía algo aturdida por la caída, parpadea, incómoda. Su instinto le dice
que lo mejor sería cambiar de tema.
Susanita: (intentando sonar neutra) Bueno, a Mari le encantan los perros. Tal vez…
no se da cuenta, o no sabe cómo manejar la situación.
Tipa: (con un resoplido de frustración) ¡No, te juro que no! A esta altura, creo que el
objetivo de su vida es cagarme la mía.
Susanita hace un gesto automático de incomodidad, pero no responde. Solo quiere
que la mujer cambie de tema. Pero la tipa insiste.
Tipa: (con un volumen más bajo, casi como un secreto compartido) Lo que pasa es
que con esta mina tenemos problemas desde hace bastante tiempo.
Susanita se cruza de brazos. Desvía la mirada por un momento hacia arriba. No
quiere seguir escuchando, pero no encuentra una salida elegante.
Susanita: (mirando hacia otro lado, acomodándose la ropa) ¿Es por los perros?
Tipa: ¡No! ¡Ojalá fuera solo por eso!
La tipa hace una pausa. Mira el suelo, como si estuviera decidiendo si seguir
hablando. Luego levanta la mirada y la fija en Susanita.
Tipa: Todos estos terrenos, desde acá hasta más allá de la casa de… (remarca con
ironía) TU amiga Mari, eran de mi papá.
Susanita parpadea, sin saber qué decir. Pero la tipa ya se embaló.
Tipa: Y te aseguro… no se los quedó de la manera más justa.
Susanita hace un gesto vago, como si estuviera entre creerle y no querer meterse.
Se sacude un poco la arena de la ropa, sin mirarla directamente.
Susanita: (sin comprometerse demasiado) Mmm, aja …Y, ¿cómo decís que pasó
eso?
Tipa: (hace una pausa, bajando un poco el tono, como si estuviera abriendo su
corazón) No… Te digo que es una historia larga.
Se cruza de brazos, mirando el suelo con cara de amargura. Pero Susanita siente
que hay algo ensayado en su expresión.
Tipa: Me amarga profundamente todo esto.
Deja caer un suspiro dramático, y luego clava los ojos en Susanita.
Tipa: A veces siento que la vida me puso a esta mina cerca únicamente para
cagarme.
Hace una pausa, como si estuviera esperando una respuesta. Luego se encoge de
hombros, fingiendo que no le da importancia.
Tipa: (con una sonrisa triste, cargada de intención) Pero no quiero abrumarte con
todo esto, nena.
Susanita se queda en silencio un momento. Sabe que debería irse, pero todavía
siente la arena pegada en la piel, el ardor en las rodillas, el mareo de la caída. Se
sacude la ropa y mira su bicicleta tirada en el suelo.
Parte 2 de 5
Susanita sigue incómoda. Quiere ser amable con la tipa por la ayuda, pero no le
gusta nada lo que dice de Mari. No tiene ganas de discutir, pero tampoco puede irse
así nomás. Decide dejar que la mujer hable mientras se recompone.
Mientras tanto, en la casa de Mari, una silueta se asoma detrás de la ventana.
Mari observa a lo lejos la escena con el ceño fruncido. No puede evitar sentir una
fuerte irritación al ver a Susanita interactuar con la tipa. Aprieta los labios con rabia.
En su cabeza, ya no es solo una charla: es una traición.
Aprieta el bollo de lana roja entre los dedos, furiosa. En un arrebato, lo agarra con
más fuerza y se dirige apresurada hacia dónde están, casi trotando. Ninguna de las
dos mujeres se percata de su presencia.
Mari: (enojada, acercándose rápido) ¡Tomá Susanita, acá tenés la lana que tanto
me jodiste!
El bollo le dio en la frente y rebotó en su regazo. No fue un golpe fuerte, pero la
sensación fue la misma que si le hubieran escupido en la cara. Susanita,
sorprendida, apenas alcanza a levantar los brazos para atajarlo.
Mari: ¡Me hubieras dicho que eras amiga de Irene! ¡Vieja de mierda!
Susanita gira hacia Mari, sin tener tiempo de reaccionar.
Susanita: (confundida, intentando calmarla) Pero Mari… ¿qué decís? Me caí de la
bici y ella me estaba ayudando, nada más.
Irene la mira con una expresión calculada. No se mete de inmediato, deja que la
tensión crezca un poco más.
Irene: (lanzando el anzuelo, con tono neutro) Te lo dije, nena. Te lo dije. Esta mina
está re loca.
Mari: (furiosa, explotando) ¡Cállate, vos, vieja de mierda! ¿Por qué no le contás de
las brujerías que me hacés todos los días? ¡Vieja bruja!
Susanita: (mirando entre una y otra, con el pulso acelerado) ¡Eh, che! ¡Bajen la voz!
Esto se está yendo al carajo. ¿Por qué no nos calmamos?
Mari: (furiosa, girando de nuevo hacia Susanita) ¡Calmate vos, pelotuda! ¡Ahí tenés
la lana que tanto jodiste! Andá a tejer con esta vieja bruja ahora.
Susanita: (con la voz quebrada, sin entender) ¡Pero qué te pasa! ¿Por qué me
tratás así?
Irene sigue con la estrategia. En lugar de contestarle a Mari directamente, gira hacia
Susanita con una mirada de falsa empatía.
Irene: (con voz calma) Te dije, nena. Esta mina está completamente demente. Vení
conmigo, vamos a tomar un té a casa.
Mari suelta una carcajada cínica.
Mari: ¡Té, claro! Seguro es algún brebaje de brujería. ¿Por qué no le contás a
Susanita por qué te echaron de la biblioteca en donde trabajabas?
Irene: (sus ojos se afilan) Otra vez con esa historia… Estás enferma, nena. Te dije
mil veces que soy una persona espiritual.
Mari: (cruzándose de brazos, con la rabia hirviendo) ¡Oh, sí claro! Irene, el centro
del mundo. La artesana resentida de mierda por los terrenos que perdió con mi
familia.
Susanita: (con la voz temblorosa) ¡Por favor, basta! ¡Bajen la voz!
Irene ahora sí deja salir su ira, pero sin perder su rol de víctima.
Irene: ¡Siempre la misma historia! Mi papá no perdió nada. Ustedes se lo sacaron.
Ya vas a ver, te voy a hacer mierda.
Mari: (sonríe con sorna, restándole importancia) Ui, sí… No sabés el miedo que te
tengo, vieja bruja.
Mari gira de golpe hacia Susanita, con una mirada filosa.
Mari: Y vos, no sabés en lo que te estás metiendo.
Susanita se encoge, sin entender nada. Sus ojos empiezan a llenarse de lágrimas.
Susanita: (con la voz quebrada) ¡¿Y qué me decís a mí?! Si lo único malo que hice
fue caerme de la bicicleta.
Mari ya no la escucha. Da media vuelta y, en un impulso de rabia, le da una patada
a la bicicleta de Susanita, que todavía está tirada en el piso. La bicicleta gira
ruidosamente y el metal cruje contra el suelo. Susanita siente que le pateaban algo
dentro suyo. Luego, sin mirar atrás, Mari se aleja balbuceando insultos.
Susanita se queda paralizada en la vereda. No da crédito a lo que acaba de pasar.
Se le acelera la respiración y siente un nudo en el pecho.
Susanita: (casi en un susurro) Pero… ¿qué le pasó a esta mina? Enloqueció
completamente.
Sus ojos se llenan de lágrimas. Rompe en llanto.
Irene, sin perder la oportunidad, se acerca despacio. Su tono es suave, su mano va
a la espalda de Susanita con un gesto calculado.
Irene: (con dulzura fingida) ¿Viste, nena? Te lo dije… Esto viene de largo. Esa mina
y su familia me sacaron todo. ¿Nunca te contó eso, esta mosquita muerta?.
Susanita: (sollozando) No, nunca mencionó eso… Además, nos conocemos del
club. No somos tan íntimas. Pero siempre me trató bien. No entiendo por qué me
trató así ahora.
Irene: (susurrando, casi maternal) Vení, pasemos a casa. Así te calmás un poco.
Susanita tarda en contestar. Está agotada. Está perdida.
Susanita: (suspirando, limpiándose las lágrimas) Bueno… pero solo un ratito.
Irene sonríe. Pero esta vez, Susanita no la mira.
Irene observa a Susanita con una expresión difícil de interpretar. No es una sonrisa
abierta, pero tampoco es fría. Es como si midiera cada reacción de la joven,
ajustando su tono a cada respuesta.
Susanita levanta el bollo de lana con manos temblorosas. Apenas siente el peso del
tejido entre sus dedos. Su mente sigue atrapada en la escena con Mari.
Sin decir nada, endereza la bicicleta y sacude la arena pegada al asiento. Sin
pensarlo, deja caer el bollo de lana en el canasto. Es un gesto automático, como si
tratara de aferrarse a algo tangible.
Irene se acerca. Coloca una mano en su hombro con un gesto suave, pero firme.
Es un contacto que no deja opción de retirarse con facilidad.
Irene: (con voz serena) Vamos, nena. No te quedes así.
Susanita siente el calor de la palma de Irene en su hombro. Le incomoda, pero no
tiene energía para reaccionar. Con un suspiro, la sigue.
Parte 3 de 5
Susanita camina detrás de Irene, aún sintiendo el temblor en sus manos. Se obliga
a respirar hondo. No va a llorar otra vez. No ahora. Irene empuja el gran portón que
separa la vereda de su propiedad, le da lugar a Susanita para entrar. Por alguna
razón, un escalofrío le recorrió su nuca. Como si la brisa fría le soplara una
advertencia. Pero Irene ya había abierto la puerta. Susanita comienza a ver el
enorme jardín. Lleno, repleto de plantas, árboles, macetas, carteles. Tan lleno que
es casi asfixiante. Siente el estruendo del portón que acaba de cerrar Irene. Como
un cierre de ataúd. Susanita no puede dejar de mirar las plantas. Están demasiado
vivas. Demasiado cerradas sobre el camino.
Susanita deja la bicicleta apoyada contra un árbol grande y seco. El tronco está
cubierto de una capa de musgo oscuro. Por un segundo, Susanita siente que la
textura del árbol se mueve bajo su mano. Retira los dedos de inmediato y toma el
bollo de lana roja, como si fuera un amuleto.
Susanita: (con un intento de normalidad) Bueno, me acabo de enterar por este
hermoso episodio que tu nombre es Irene.
Irene: (con un tono de burla ligera) Jajaja, bueno, y yo me acabo de enterar por este
hermoso episodio que tu nombre es Susanita.
Irene sigue caminando, pero ahora más lento. La conversación es su juego, y quiere
sostenerlo el mayor tiempo posible.
Irene: (con voz casual) ¿Y vos, de dónde conocés a esta… loca?
Susanita hace una pausa mínima antes de responder. No quiere darle demasiado
pie, pero tampoco tiene fuerzas para evadir.
Susanita: (aún con la voz temblorosa) Con Mari nos conocemos porque vamos al
mismo club a jugar tenis criollo. Todas ahí van con sus parejas… Nosotras somos
las únicas que vamos solas.
Irene levanta las cejas con interés. El detalle de "ir solas" le resulta particularmente
útil. Lo guarda en su mente.
Irene: (sarcástica, pero sin exagerar) Ah, mirá… la Mari yendo sola. No habrá nadie
que la aguante… Jeje.
Susanita aprieta la lana entre sus dedos. No le gusta la forma en que lo dijo, pero
tampoco tiene energía para discutir.
Susanita: Y además tenemos el mismo hobbie. A ambas nos gusta tejer. Ella me
ofreció la lana esta.
Susanita suelta una carcajada sin ganas.
Susanita: (con una risa amarga) No sé ni para qué viene mirá… Qué angustia.
Y de repente, las lágrimas vuelven a subirle a los ojos. No puede evitarlo. Se frota
el rostro con la manga, pero Irene ya la está observando con atención.
Irene: (con falsa empatía) Bueno, tranquila nena.
Irene baja el tono, ahora más suave, más íntimo.
Irene: Me asombra cómo una chica tan bien como vos puede ser amiga de
semejante loca.
Susanita no dice nada. Se limita a seguir caminando. En ese momento, empieza a
notar el orden excesivo del jardín. Las macetas puestas de menor a mayor. Las
hierbas aromáticas alineadas en secciones exactas. Los pequeños carteles con
inscripciones extrañas.
El sol golpea la madera gris de la casa, seca, envejecida. El contraste con la
vegetación exuberante la hace parecer aún más ajena. Como si perteneciera a otro
tiempo.
Susanita: (intentando aliviar la incomodidad) Se nota que le dedicás mucho tiempo
al jardín. Qué lindo.
Irene: (sin dejar de mirarla) Sí… ahora que trabajo en casa, tengo más tiempo para
hacer las cosas que me gustan.
Susanita asiente, más por inercia que por convicción.
Susanita: Ah, ¿y qué hacés?
Irene: (con simpleza) Soy artesana. Hago cosas en yeso.
El perro, RUFUS, que antes ladraba con furia, ahora se ha tranquilizado y las
acompaña caminando al lado, como escoltándolas. Su presencia, intimida. Su
pelaje marrón claro lo hace ser aún más imponente. Camina, casi midiendo los
pasos, mirando hacia abajo, y cada dos o tres pasos, inclina su cuello mirando hacia
arriba a Irene, como buscando una señal u orden. Mira sin abrir la boca, con ojos
levemente enrojecidos.
Susanita: (tratando de hacer contacto amistoso con Rufus) ¡Qué gordote hermoso
sos! ¡Lástima que me mirás con esa cara! (mientras le da palmaditas en el lomo)
A medida que se acercan a la puerta de entrada, el sonido distante de una radio
dentro de la casa que emite una melodía suave comienza a hacerse más notorio.
Es una melodía suave, pero distorsionada. Como si viniera de una cinta vieja.
Susanita desvía la mirada y nota algo, al costado derecho de la entrada principal,
Detrás de un gran arbusto de aromáticas, un par de figuras de yeso de tamaño
natural, con apariencia humana, que están dispuestas de manera un tanto extraña.
Son un hombre y una mujer, colocados en una pose que sugiere una interacción
íntima, pero con una cierta tensión. La expresión en sus rostros es intrigante y
enigmática, como si estuvieran atrapadas en un momento congelado de conflicto o
pasión. Como si estuvieran por hablar, pero sin boca.
Susanita: (más seria) ¿Y esas estatuas?
Irene: (con voz vaga) Son solo decoraciones.
Susanita queda intrigada y perpleja. Pero le da temor seguir indagando.
Susanita sube el escalón de madera que separa el jardín de la entrada de la casa.
La estructura cruje bajo su peso. Irene se ha quedado un poco atrás, recogiendo
algunas cosas del suelo.
Susanita pasa la mano por el dintel de la puerta y ve una campana de bronce, opaca
por el tiempo. Tiene detalles labrados en la superficie, pero la pátina verde oculta
gran parte del diseño. Sin pensarlo demasiado, estira la mano y la hace sonar.
DING…
El sonido resuena más profundo de lo que esperaba. Se mezcla con el leve
murmullo del viento, con la radio sonando a lo lejos.
Susanita: (intentando romper el silencio) ¡Qué linda campana!
Irene, que acaba de ponerse de pie, levanta la cabeza con una expresión difícil de
leer. Por un segundo, su mirada se endurece. Luego, su cara se relaja y deja
escapar una risa leve.
Irene: (con una mueca nostálgica) Ja… si te contara la historia de esa campana.
Susanita arquea una ceja. La frase suena calculada, como si Irene estuviera
esperando que alguien preguntara.
Irene: (con un tono casual, casi burlón) Aunque no lo creas, está relacionada con
TU amiga.
Susanita parpadea, alerta por la forma en que enfatizó “tu amiga”.
Susanita: (sorprendida) ¿Cómo? ¿Me estás jodiendo? ¿Qué tiene que ver Mari con
esto?
Irene suelta un suspiro teatral y se agacha junto a un cantero de hierbas. Sus
movimientos son pausados, como si el relato necesitara una preparación. Se toma
su tiempo. Mientras arranca un par de hojas de menta, empieza a hablar.
Irene: (sin mirar a Susanita) Esa campana es el único recuerdo que me dejó Mari
de mi padre.
Susanita frunce el ceño. La oración le suena rara.
Susanita: (confundida) ¿Mari te dejó un recuerdo de tu padre?
Irene: (sonriendo con picardía) No, nena. Mi papá laburaba en la herrería de un
tipo… Un miserable que lo tenía como un criado porque mis abuelos lo dejaron
tirado cuando era chico.
Susanita estrecha los labios. Algo en la historia la incómoda, pero no quiere
interrumpir.
Irene: (siguiendo con voz calmada) Como el tipo lo maltrataba, no le pagaba bien y
lo hacía dormir en la herrería, mi viejo empezó a robarle cosas.
Susanita aprieta el bollo de lana roja entre los dedos, sintiendo la textura del hilo.
No sabe qué responder. ¿Qué se dice en estos casos?
Susanita: (bajando la voz) Faa… qué terrible vida.
Irene no se inmuta. Sigue sacando hojas, como si la historia no le doliera en lo más
mínimo.
Irene: Todos los días llegaba a casa con cosas de bronce que robaba de la herrería.
Después las vendía a un viajante que pasaba cada tanto.
Susanita siente un escalofrío. No es la historia en sí. Es la naturalidad con la que
Irene la cuenta.
Irene: (finalmente levantando la vista) Así hizo mucha plata, e iba comprando estos
terrenos.
Susanita: (parpadeando, volviendo al presente) ¿Y qué tiene que ver Mari en todo
esto?
Irene: (sonríe con aire misterioso) Ah… viste lo que dijo de los terrenos?
Susanita hace un esfuerzo por recordar la discusión con Mari, pero todo le parece
borroso. Demasiadas cosas pasaron en poco tiempo.
Susanita: (dudando) Sí… escuché. Pero no presté atención. Estaba tratando de
procesar toda esta locura.
Irene: (se pone de pie, sacudiéndose la tierra de las manos) Bueno… todos estos
terrenos, desde acá hasta más allá de la casa de TU amiga, eran de mi papá.
Irene lo dice con una mezcla de resignación y rencor. Como si el recuerdo la
consumiera, pero también le diera placer revivirlo.
Susanita siente un nudo en el estómago. El tono de Irene es tan ambiguo, tan teatral,
que no sabe si lo que escucha es verdad o no.
Irene: (haciendo una pausa dramática) Pero viste cómo son los hombres… Los fue
perdiendo en la timba.
Susanita se sacude un poco la ropa, incómoda. Le gustaría cambiar de tema, pero
ya es tarde. Irene se metió en su cabeza. Y lo sabe.
Mientras Irene sigue hablando, Susanita desvía la mirada. Su atención vuelve a
esas figuras de yeso detrás del arbusto. Están semiocultas, pero ahora parecen
moverse con la luz del sol. Le produce un escalofrío.
Susanita: (intentando enfocarse en otra cosa) ¿Qué? ¿Cómo en la timba? ¿En el
casino?
Irene suelta una carcajada baja, con una entonación que parece ensayada.
Irene: (forzando una risa) Jajaja… Pero no, nena. En aquel entonces no había
casino.
Irene avanza un par de pasos y mira hacia la puerta de la casa. Habla más bajo,
como si estuviera recordando algo lejano.
Irene: Mi papá, cuando se escapaba de la herrería, iba a un club de barrio. Ahí se
juntaban todos los tipos con plata. Adelante había una barra de bebidas y mesas,
tipo barcito… pero atrás… atrás estaban las mesas de juego.
Susanita traga saliva. Por algún motivo, el tono de Irene la inquieta más que la
historia en sí.
Irene: (con un gesto casual) Jugaban a las cartas, a la ruleta, a esas cosas…
Irene se gira hacia Rufus y le chasquea los dedos. El perro, que estaba inmóvil
como una estatua, se mueve de inmediato. Camina con elegancia controlada hasta
la puerta de la casa.
Irene: (con suavidad) Pasa, Rufus. Y pasá vos también nena… dale.
Susanita se cruza de brazos y desvía la mirada hacia el dintel de la puerta. Por
primera vez, siente que está demasiado cerca de la casa. Demasiado adentro.
Parte 4 de 5
Irene camina hacia el dintel de la puerta nuevamente, espera que pase Rufus.
Irene avanza por la casa con la misma seguridad de siempre. Para ella, este espacio
es un territorio controlado. Para Susanita, en cambio, es un mundo desconocido
que parece moverse con vida propia.
Pasan una enorme alfombra tipo persa, que Rufus evita pisar como si estuviera
programado al hacerlo. Susanita lo sigue con la mirada y traga saliva. Ese perro
sabe más de lo que parece.
Irene cierra la puerta de golpe. El sonido seco resuena como un sello definitivo. El
calor de la chimenea envuelve la sala, pero el aire sigue sintiéndose denso, con una
mezcla de humedad y algo más… algo ácido, antiguo, algo que Susanita no logra
descifrar, pero que le resulta muy desagradable.
Mientras Irene va hacia la izquierda donde está la sala de la cocina, y baja un poco
la radio, Susanita se queda en el centro de la sala, observando. No se mueve ni
intenta amagar sentarse en los sillones. Intuye que, si se sienta, quedará atrapada.
Sus ojos recorren el lugar, registrando cada objeto.
Delante de la cocina, una mesa rectangular de madera oscura ocupa el centro del
espacio, con cuatro sillas de respaldo alto. A su alrededor, penumbra: la ventana
que debería iluminarla está completamente cerrada, dejando que solo algunas
rendijas de luz filtren líneas delgadas sobre la superficie desgastada de la mesa. A
la derecha de la mesa y enfrente de ella, una escalera de madera ancha asciende
hacia el piso superior. Detrás de la escalera, un espacio tipo recibidor se extiende
hasta un ventanal enorme. El sol que entra por allí es demasiado fuerte, casi
cegador, creando un contraste violento con el resto de la casa en penumbra. En ese
mismo espacio, a la izquierda del ventanal, una puerta cerrada con un montón de
pegatinas extrañas. De allí proviene un olor agrio, espeso, cargado de humedad y
descomposición. Un hedor denso que parece filtrarse por debajo de la madera y
esparcirse por la casa. Enfrente de esa puerta, bajo la escalera, se encuentra un
baño pequeño, de esos donde apenas cabe un lavabo y un inodoro. La puerta está
entreabierta, revelando un interior oscuro y estrecho. Al costado derecho de la
escalera, un sillón de 3 cuerpos, que parece salido de una película de los años 50.
Una lámpara haciendo juego, una mesa ratona y un mueble de madera antigua que
hace las veces de una biblioteca, con un montón de libros viejos y folletos
desordenados. Al final de la esquina derecha la chimenea con algunas leñas
ardiendo y alrededor lleno de cenizas. Entre las cenizas, Rufus acostado y
mirándolas con atención, sin pestañear. Al lado de la chimenea, un enorme ventanal
que da justo al huerto de hierbas aromáticas que tiene las figuras de yeso, que
ahora, desde ese ángulo son claramente visibles y parecen moverse con el reflejo
que les da la luz de la chimenea.
Susanita: (Traga saliva, sin entender para donde va a salir el relato de Irene) ¿Pero
que tiene que ver el tema de la timba con la campana?
Irene: (sin desviar la mirada de la tetera, hace una pausa, no contesta de inmediato)
Mi vieja era sumisa.
(Silencio.)
Irene: (como si hablara del clima) Mi viejo, en pedo, la cagaba a trompadas y ella
no decía nada.
Susanita siente un escalofrío. Irene lo dice con la misma frialdad con la que uno
comenta el clima.
Irene: (bajando la voz, pero sin suavizarla) Nunca habló, ni de los golpes ni de los
negocios. Hasta que un día…
Irene deja caer unas hojas en el agua hirviendo. El vapor se eleva entre las sombras.
Irene: (girándose lentamente) El pelotudo la guampeó con la madre de tu amiga.
Susanita siente un latigazo en el estómago. Suelta el bollo de lana roja. Cae
pesadamente al piso.
Susanita: (su voz se corta) ¿Qué? ¿Cómo?
La cabeza le zumba. Las sombras de la sala parecen más largas. El fuego de la
chimenea crepita, pero el sonido le llega como desde muy lejos.
Susanita: (tragando saliva) Pará… ¿Me estás diciendo que Mari es hija de tu papá?
Irene hace una pausa, se toma su tiempo, mientras termina de acomodar la tetera,
la pone en el fuego y le agrega las hierbas que sacó de la huertita, cierra la tapa de
la tetera que ya está en el fuego. Se agacha, recoge una taza de porcelana y la deja
sobre la mesada con un sonido seco. mira los azulejos blancos de la cocina, prende
un pucho con la hornalla de la cocina, agarrándose el pañuelo que tiene en el pelo
para no quemarse, ... aspira largo… baja el brazo exagerando el movimiento…
Exhala todo el humo que tenía en los pulmones en dirección a la ventana, como si
estuviera pensando cómo contar la historia. O cómo hacerla más interesante
Irene: Fffffuuuuu… No se sabe. Nunca se supo.
Susanita siente como que la casa la tragara. El olor que sentía se hace más notorio,
y ahora un poco nauseabundo. La música casi imperceptible de la radio, se
transforma en un ruido molesto. Se le confunde esa sensación de malestar con
sueño. Se le seca la garganta y se queda sin aire.
Se agacha, recoge la lana roja y se deja caer en el sillón, sintiendo las piernas de
algodón. Mira alrededor, enfocándose en la biblioteca. Los libros están
desordenados, pero hay un patrón en ese caos. Muchos tienen dibujos extraños,
símbolos místicos, palabras en idiomas que no reconoce.
Susanita siente que las figuras de yeso afuera están demasiado cerca. Como si la
estuvieran observando.
Susanita: (con mirada perdida, casi desorbitada) No te puedo creer lo que me estás
diciendo… ¿Pero nunca hablaron de estos temas?
Irene: (sirviendo el té, sin emoción) En ese contexto, el padre o supuesto padre de
Mari, le sacó todos los terrenos a mi padre...
Susanita: (pálida) Pero cómo… (traga saliva) ¡No entiendo!
Irene: (se encoge de hombros) Rogelio, el pelotudo ese que viste llevándose a mis
hijos, conoció a mi viejo en el club. Se hicieron socios. Mi viejo le pasaba el bronce
robado, Rogelio se lo vendía.
Susanita: (en trance) ¿Rogelio es el tipo barbudo del auto?
Irene: (mirándola de reojo) Exactamente.
Susanita se frota la frente. Su cabeza pesa. La música de la radio sigue ahí, como
un eco distorsionado. Se siente sofocada.
Susanita: (débilmente) Pero… ¿Cómo te pusiste de novia con él?
Irene sonríe como un gato que atrapó a un ratón. Termina de servir el té, pone las
tazas en una extraña bandeja de alpaca, camina sobre la alfombra mientras mira
fijamente a Susanita y a Rufus, deja las tazas en la mesa ratona, se saca el pucho
de la boca, lo tira con una puntería olímpica a las brasas de la chimenea, se sienta
al lado de Susanita y dice…
Irene: (sin quitarle los ojos de encima) Una noche en el club, el supuesto padre de
tu amiga apostó contra mi viejo. Lo cagó. Le hizo trampa, le sacó los terrenos.
Irene enciende otro cigarro. Esta vez no desvía la mirada de Susanita.
Irene: (con voz pausada) Hubo pelea. Rogelio intervino. Conocía a los dos. Y así
empezó todo.
Susanita se recuesta en el sillón. El olor a tabaco, la radio, el calor de la chimenea,
el peso de la historia… Todo la envuelve.
Susanita: (con voz cansada) Qué locura…
Irene: (abriendo los ojos y mirando a la nada) Ahí empezaron las pelas con esta
loca. Y un día en medio de una discusión, me revoleó la campana esa por la
cabeza… No me pegó, y me la quedé. Lindo recuerdo de mi padre.
Irene sonríe falsamente, y Susanita frunce el ceño, como no dando crédito de lo que
escucha. Irene la observa, midiendo cada uno de sus gestos. Sonríe apenas. Ya la
tiene entre sus garras.
Parte 5 de 5
Irene la observa en silencio. Algo en su expresión cambia. Se suaviza, pero no es
dulzura… es otra cosa. Algo más peligroso.
Irene: (bajando la voz, como si confiara un secreto) Pero todo pasa por algo, nena.
Todo pasa por algo. Tal vez a partir de ahora, la cosa empiece a cambiar.
Susanita siente un escalofrío. No por las palabras, sino por la forma en que Irene
las dice. Mira perpleja cada gesto de Irene, pero no responde. Quiere hacerlo, pero
no puede.
Irene se inclina un poco hacia ella. Sus ojos tienen un brillo extraño. Un deseo
contenido. Un hambre. Mantiene el rostro absolutamente neutral. Su mirada se
vacía. No hay enojo, no hay ternura, no hay nada. Solo una pausa
insoportablemente larga. Entonces, levanta apenas la ceja derecha. Una mueca
casi imperceptible se forma en sus labios. Una sonrisa mínima, fría, que parece
ajena a su propio rostro.
Irene: No sé… hay oportunidades que aparecen en el momento justo.
El clima de la habitación se pone cada vez más tenso por como Irene dice las cosas.
Susanita relojea las estatuas de yeso. El fuego de la chimenea proyecta sombras
irregulares sobre sus rostros. En ese instante, siente que ella misma es una más.
Su cuerpo ya no le responde. Es solo un objeto más en esa habitación sofocante
Irene apoya la taza de té en la mesa ratona con un gesto elegante, sin apuro.
Irene: (serena, con un brillo de excitación en los ojos) Una oportunidad que vos y
yo podemos aprovechar.
Susanita siente que la habitación se cierra sobre ella. El calor de la chimenea ya es
sofocante, y los olores casi cloacales tornan el aire difícil de respirar.
Susanita: (con el pulso acelerado) ¿Vos y yo?
Irene: (asintiendo suavemente) Sí, nena. Estoy segura de que me podés ayudar.
Siento una energía especial en vos. Una conexión.
Irene Se inclina un poco más, como si estuviera compartiendo un secreto con una
cómplice.
Susanita siente que el aire se vuelve más denso. El calor le pesa en los hombros.
Irene le acerca la taza.
Irene: (sonriendo, con dulzura forzada) Tomá el té y te cuento.
Susanita traga saliva. Su instinto le dice que no lo tome. Que algo está mal. Pero
sus manos ya rodean la taza. Está cansada. Demasiado cansada.Y toma un largo
sorbo de té que llena su boca y traga suavemente, como buscando una ayuda con
el malestar que siente.
Irene la mira detenidamente todo el tiempo. Como esperando algo.
Susanita fuerza tomar otro largo sorbo de te. Deja la taza pesadamente sobre el
plato, la mira a Irene y le dice
Susanita: A ver… contame.
Irene se reclina en el sillón. Ahora está completamente relajada, como si ya supiera
el final de esta historia.
Irene: (suavemente) Como habrás notado, Mari es una persona muy maldita.
Susanita frunce el ceño. El cambio de tema la desconcierta. El vapor del té sube
entre las dos.
Susanita: (dubitativa) Bueno… no lo puedo asegurar. La conozco desde hace un
tiempo. Tengo que hablar con ella. Me sorprende su actitud.
Irene: (con una risa baja, casi afectuosa) No, escuchame. Te advierto que es una
persona que está realmente muy mal.
Le toma la mano con suavidad. Susanita se tensa.
Irene: (bajando la voz, con un tono casi hipnótico) Si me ayudás, te puedo
recompensar muy bien.
Susanita suelta la taza. El ruido del golpe seco sobre la mesa la sobresalta.
Susanita: (con un nudo en el estómago) ¿Recompensarme? ¿Pero ayudarte en
qué?
Irene se endereza de golpe. El brillo de sus ojos es feroz.
Irene: (rápida, ansiosa) Te voy a mostrar algo.
Se levanta bruscamente, se acerca a la biblioteca y toma un libro de tapas rojas. Lo
abre y se lo extiende a Susanita.
Susanita lee el título en la tapa con un escalofrío. "CONJUROS."
Susanita bebe el último sorbo de té sin darse cuenta. La mira, desconcertada. A su
alrededor, las figuras de yeso parecen haber girado. Parecen estar observándola.
Irene: (con una emoción intensa en la voz) Estos viejos libros estaban en la
biblioteca de mi trabajo.
Susanita intenta enfocarse. Su cabeza empieza a sentirse más liviana, más distante.
Irene: Relatan conjuros muy antiguos. Y estoy segura… de que si aplicamos
algunos métodos que dice acá, podría recuperar los terrenos que me robó Mari.
Susanita intenta pararse. No lo logra.
Susanita: (con voz pastosa) ¿Cómo podés creer en una cosa así…? ¿Estás loca?
El aire se llena de un hedor indescriptible. Es el mismo olor de la habitación cerrada.
Pero ahora está en todas partes.
Susanita intenta respirar hondo, pero el aire es denso. Su garganta se cierra. Su
visión se vuelve borrosa.
Irene: (con voz más aguda, más ansiosa) Si me ayudás, te regalo la mitad de los
terrenos.
Susanita se levanta de golpe, trastabillando.
Susanita: (desesperada) ¡No! ¡Mirá, dejemos esto acá! ¡Tengo que irme!
Se tambalea. La cabeza le da vueltas. El sonido de la radio ahora es solo un pitido.
Susanita: (ahogada) ¡Necesito pasar al baño!
Irene la observa con una sonrisa torcida. Se acerca y la toma del brazo con
suavidad.
Irene: (falsa ternura) Ay, nena… seguro te hizo mal la caída.Vení que te llevo.
Irene le agarra el brazo a Susanita para acompañarla, y Rufus se para poniéndose
entre las dos. Caminan hasta más allá de la escalera, entrando al recibidor. La
puerta de la izquierda —llena de pegatinas extrañas— ahora se impone: más
evidente, más tétrica. El olor ácido y repugnante que emana de allí se vuelve casi
insoportable. Irene le suelta la mano a Susanita y, sin mirarla, casi la empuja hacia
la puerta del baño.
Irene: (sonriendo casi maléficamente) Pasa tranquila, tomate todo el tiempo que
quieras. Yo te preparo otro tecito.
Susanita entra al baño, cierra la puerta, y abre la canilla en busca de mojarse la
cara. La confusión y la sensación de asfixia la abruman. Abre el pequeño ventiluz
del baño, intentando tomar un poco del aire helado del exterior. Se asusta cada vez
más. Empieza a sospechar que no solamente está descompuesta por el olor
nauseabundo que emana de esa habitación, sino que podría ser el té de Irene. Y se
da cuenta de que necesita irse de esa casa cuanto antes. Con valentía, y muy
mareada, gira la manija de la puerta del baño, abre la puerta, y encuentra a Irene
mirándola fijamente mientras dice
Irene: Te dije que me vas a ayudar, y vas a hacerlo.
Irene se tira intempestivamente arriba de Susanita, le tapa la cara con un trapo, que
tiene un olor similar al kerosen. Susanita cae al piso pesadamente, perdiendo el
control de todo su cuerpo.
Susanita: (rogando). Por favor no me hagas nada!…
Lucha desesperadamente, pero no puede ni gritar. Siente que Irene la arrastra hacia
el interior de la habitación de donde sale ese olor nauseabundo. Irene enciende una
luz roja que deja ver que esa habitación es enorme, cargada de muebles y objetos
apenas visibles con esa luz.
Deja tirada a Susanita en medio de la habitación. Susanita apenas puede divisar lo
que hace Irene, quien corre sigilosamente una tela que cuelga desde el techo. Al
hacerlo, un terror aún más grande se apodera de ella. Descubre un improvisado
altar con muchas cruces invertidas, figuras similares a santos, y velas consumidas.
Debajo del altar, una tinaja reposa sobre un pequeñísimo mechero de alcohol
encendido, con una mezcla espesa y caliente, de donde sale ese olor putrefacto.
Irene: (Se tira encima de Susanita mientras le dice a 2 cm de su cara). No te vas a
ir sin que me ayudes. No voy a dejar pasar esta oportunidad.
Irene se levanta, y ordena a Rufus que se quede encima de Susanita.
Irene se viste rápida y desprolijamente con unas mantas coloridas que estaban al
lado del altar, y comienza un baile casi inexplicable alrededor de Susanita,
pronunciando unas oraciones extrañas. Rufus aúlla
Irene empieza a esparcir por el cuerpo de Susanita, la mezcla espesa y caliente que
saca de la tinaja. Su consistencia es como una pintura con yeso caliente. Rodea a
Susanita con un montón de cabezas, similares a las de yeso que vio en el jardín.
Susanita aterrada, hace esfuerzos para observarlas y se da cuenta que todas las
cabezas tienen la misma inscripción: MARI xxx ROGELIO.
Susanita finalmente pierde el conocimiento.
Sin noción del tiempo, despierta lentamente sintiendo un dolor punzante en todo su
cuerpo y una sensación de frío.
Un zumbido le invade los oídos. Su visión se vuelve borrosa. No sabe si han pasado
segundos o minutos. Está muy mareada y siente su piel cubierta de arena fría. Y un
dolor muy fuerte en las piernas.
Levanta la vista.
Un hombre barbudo, con un cigarrillo consumiéndose entre los labios, gesticula con
fastidio mientras se apoya en la puerta de un auto destartalado. Adentro, dos niños
la observan sin expresión. No hay sorpresa en sus rostros, solo una mirada vacía.
A unos metros, una mujer con un pañuelo en la cabeza discute con él. Su voz es
tensa, casi en un murmullo furioso. Pero cuando nota a Susanita en el suelo, cambia
de inmediato. Se acerca apresurada. Tiene las manos y la cara manchadas con un
material blanco, como si fueran restos de pintura o yeso.
- ¡Ay, nena! ¿Qué te pasó? ¡Tranquila, yo te ayudo! — dice con una mezcla de
urgencia y fascinación.
FIN